El nombre de Leslie Wexner, el legendario magnate que forjó un imperio en el mundo de la moda a través de Victoria’s Secret y The Limited, ha resurgido con fuerza en el centro de un huracán mediático y judicial. Su pasado, entrelazado con el del financiero convicto Jeffrey Epstein, volvió ayer a ocupar los titulares tras un intenso interrogatorio a puerta cerrada en su mansión de Ohio, liderado por miembros del Comité de Supervisión y Reforma Gubernamental de la Cámara de Representantes de Estados Unidos.
Wexner, de 88 años y retirado de la dirección de L Brands —matriz de Victoria’s Secret— desde 2021, no ha sido formalmente acusado de delito alguno. Sin embargo, su posición como principal benefactor financiero de Epstein durante años lo coloca en un punto focal insoslayable de la investigación. Según detallaron los congresistas tras la sesión, que duró aproximadamente dos horas, el empresario admitió haber viajado a las propiedades privadas de Epstein, incluidas sus conocidas islas, y haberse reunido con él en repetidas ocasiones. Aunque intentó distanciarse, definiendo su relación como una mera conexión de negocios y negando ser “amigos” en el sentido coloquial, los legisladores enfatizaron que sin el apoyo económico y la cobertura social de Wexner, Epstein jamás habría acumulado la fortuna ni el acceso que le permitieron tejer su red de abusos.
La investigación, enmarcada en la estrategia de “seguir el dinero”, apunta a una transferencia de fondos masiva. El congresista Robert Garcia calculó en alrededor de mil millones de dólares el valor entre acciones, transferencias directas y apoyo financiero que Wexner canalizó hacia Epstein a lo largo de los años. Un dato que adquiere especial gravedad al conocerse que, según relató otro de los legisladores, Jasmine Crockett, el modus operandi de Epstein incluía atraer a jóvenes con falsas promesas de oportunidades en el mundo del modelaje, un sector íntimamente ligado al imperio de Wexner.
En su declaración escrita al comité, Wexner adoptó un tono de arrepentimiento personal pero de negación categórica de cualquier conocimiento o participación en los crímenes. “Fui ingenuo, tonto y crédulo al confiar en Jeffrey Epstein. Era un estafador de talla mundial”, afirmó, asegurando que cortó todo vínculo “hace casi 20 años” al enterarse de sus actividades ilegales. Reconoció el dolor de las víctimas, pero fue taxativo: “Nunca presencié ni tuve conocimiento de su actividad criminal”.
Sin embargo, documentos oficiales pintan una imagen más compleja. Una carta sin fechar de Epstein a Wexner, revelada por las autoridades, rezumaba un sentido de complicidad y deuda mutua: “Tú y yo tuvimos ‘asuntos de pandilla’ por más de 15 años.Muchas cosas que [Abigail, su esposa] desconocía”. La ruptura formal parece haber sido desencadenada por la propia Abigail Wexner, quien descubrió que Epstein había malversado cientos de millones.
Para el sector de la moda y el retail, este episodio trasciende el escándalo personal. Wexner no es solo un nombre en los anales de la industria; es el arquitecto de conceptos que definieron el consumo moderno, desde los centros comerciales hasta el modelo de negocio de las marcas íntimas. Que su legado quede empañado por esta asociación levanta preguntas incómodas sobre la ética, el debido diligence y la responsabilidad social de los líderes del sector. ¿Hasta qué punto el éxito empresarial puede construirse sobre conexiones tóxicas? ¿Cómo deben las marcas gestionar su legado y su asociación con figuras controvertidas?
Los congresistas, como Yassamin Ansari, no dudaron en conectar los puntos: “La verdadera razón por la que Jeffrey Epstein pudo escapar durante tanto tiempo violando y abusando de niños, jóvenes mujeres, niños y hombres jóvenes fue debido a las vastas cantidades de dinero que pudo adquirir. Y eso provino en gran parte de Les Wexner aquí en Ohio”.
Mientras Wexner insiste en su inocencia y en haber sido “engañado”, el interrogatorio deja claro que su testimonio es solo una pieza más en un puzle que la justicia y la opinión pública aún intentan completar. Para la industria de la moda, el eco de este caso resuena como un recordatorio amargo: el brillo de las pasarelas y los balances millonarios no pueden opacar las sombras que se esconden detrás de la fachada. La pregunta que queda en el aire, y que debería preocupar a todo ejecutivo del sector, es qué otras historias, por lucrativas que sean, merecen ser examinadas con una lupa ética mucho más estricta.



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