JCPenney subvirtió una vez más los códigos tradicionales de la moda al trasladar el esplendor de una semana de la moda parisina a un escenario insólito: la pequeña localidad de París, Texas. Lejos de los Campos Elíseos, la marca estadounidense erigió el viernes por la noche una pasarela improvisada a los pies de una réplica de sesenta y cinco pies de la Torre Eiffel, coronada con un sombrero de vaquero gigante. La propuesta, sin alfombras rojas ni asientos reservados, giró en torno a un concepto radical: la pasarela era para la comunidad.
El desfile, bautizado como “The Other Paris Runway”, integró como modelos a decenas de residentes de la ciudad —amigos, vecinos y comerciantes locales— reclutados a través de casting abiertos y en colaboración con la cámara de comercio y las escuelas del municipio. Junto a ellos desfilaron algunas influencers de la cercana Dallas. Según Michelle Wlazlo, consejera delegada de JCPenney, la iniciativa es una manifestación directa de su filosofía inclusiva: “Estos modelos eran personas reales, de todas las tallas. Cubrimos tallas grandes, tallas medias, de todo, porque la moda es para todos. La confianza y el estilo de estos residentes de París, Texas, eran fantásticos para la pasarela”.
La ropa presentada correspondía a las colecciones de primavera de la cadena, compuestas íntegramente por sus marcas propias y exclusivas, como Ashley Graham para JCPenney, Arizona, Worthington, RM by Rebecca Minkoff, St. John’s Bay, a.n.a. y J. Ferrar, junto con algunas nacionales. Se mostraron cuarenta y tres looks que abarcaban desde vestidos casuales y de noche, ropa de trabajo, denim y estilos preppy, para hombre, mujer y jóvenes adultos. Una de las innovaciones más comentadas fue la proyección en una pantalla gigante de los recibos de JCPenney de cada outfit al paso de cada modelo, detallando el precio de cada prenda y el coste total del conjunto, una jugada maestra para subrayar la propuesta de valor de la marca. El coste combinado de todos los conjuntos ascendía a 8.710,74 dólares, una fracción del precio de un solo diseño de alta costura en París, Francia. Para facilitar la compra inmediata, las acreditaciones de los asistentes integraban códigos QR que daban acceso a las piezas en línea y a las nuevas llegadas de primavera.
Tras el desfile, la fiesta continuó en una carpa instalada para la ocasión, donde todos los asistentes —convertidos en invitados VIP con pases tras bambalinas— disfrutaron de comida de restaurantes y panaderías locales, retoques de belleza realizados por expertos de los salones JCPenney con marcas como Shades by Shan, y la oportunidad de examinar de cerca las prendas desfiladas.
Este evento, inserto en la campaña de marketing “Yes, JCPenney” lanzada hace un año, busca dialogar directamente con el corazón de su clientela. Wlazlo no dudó en reconocer la brecha existente entre la alta costura europea y el público mayoritario: “Tengo un enorme respeto por la industria de la moda y lo que ocurre en Europa con sus desfiles. Pero seamos honestos, nuestra clienta no vuela a París para ver esos espectáculos. No están en las primeras filas y esa ropa no es accesible para ellas. Estos desfiles son increíbles e inspiran, pero los consumidores se sienten excluidos de todo eso. Nosotros organizamos un desfile en París, Texas, para mostrar toneladas de moda de primavera. Todos tuvieron acceso a primera fila y acreditaciones VIP, y fueron a la afterparty. Tomamos todos esos elementos de un desfile parisino en Europa y los hicimos divertidos para la comunidad. Esto es una de las cosas que hacemos para ser parte de la conversación cultural”.
La elección de París, Texas –una ciudad de unos 25.000 habitantes– no fue aleatoria. Juega con la iconicidad del nombre y porque Texas es el estado natal de la compañía, donde opera 72 tiendas, varias de ellas cerca de esta localidad. “JCPenney es parte del tejido de Texas”, afirmó Wlazlo. Esta acción sigue la estela de otras como el “Other Venice Wedding” del año pasado en Venice, California, que ironizaba sobre la boda ostentosa de Jeff Bezos y Lauren Sánchez en Venecia, Italia. La estrategia se consolida como un vehículo para posicionar a la marca como democrática, arraigada y consciente de su audiencia, demostrando que el lujo no reside en la procedencia geográfica, sino en la accesibilidad y la representación.



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