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La película ‘Jaripeo’ del rodeo mexicano descubre deseos queer reprimidos

La película documental Jaripeo, que se projections en la 23ª edición del Festival Internacional de Cine Documental de Copenhague (CPH:DOX) tras su paso por Sundance, profundiza en la compleja simbiosis entre la estética tradicional del rodeo mexicano y las identidades queer que laten en su interior. Más allá del espectáculo de vaqueros, sombreros y bull riding, el filme actúa como un lente que examina cómo la moda y los códigos visuales de este ritual hipermasculino funcionan como un lenguaje cifrado, un espacio donde el deseo y laperformance de género encuentran fugas inesperadas.

Los codirectores Efraín Mojica y Rebecca Zweig construyen una narrativa visual que fusiona el cine verité con metraje en Super 8 y secuencias deliberadamente estilizadas, casi como videos musicales. Esta hibridación no es un mero recurso formal, sino la herramienta central para des montar la fachada de la masculinidad tradicional. «La función de la cámara [Super 8] es mostrarte los detalles, este lenguaje codificado que existe, y toda la ‘gay stuff’ que está ocurriendo», explicó Mojica en un coloquio con el público de Copenhague. El material granulado y la estética onírica de estas escenas buscan capturar lo que los autores denominan el «subconsciente queer» del jaripeo, esa capa de significados que se oculta bajo la superficie de un espectáculo abiertamente heterosexual.

El atuendo es el primer y más evidente campo de batalla simbólico. El uniforme clásico del charro —sombrero, botas, chaleco, jeans ajustados— se presenta aquí no solo como una vestimenta de trabajo, sino como un disfraz ritual que, en su rigidez, genera sus propias tensiones y fisuras. La película sugiere que cada detalle, desde la manera de ajustarse el cinturón hasta el porte del lazo, puede ser leído como parte de un dialecto corporal donde la afirmación de la masculinidad y su puesta en escena son indistinguibles. Es en esta paradoja donde el deseo queer encuentra un terreno fértil y peligroso.

«Son cosas que suceden en los márgenes de un lugar muy ‘hetero'», apuntó Zweig, destacando que la propuesta del filme es una «celebración de lo queer, pero también de un deseo oculto». El reto ético fue mayúsculo: cómo representar estas realidades sin caer en la explotación o la mirada exterior. Su solución fue buscar una inmersión que empoderara a los sujetos retratados, permitiendo que su presencia y su estilo, incluso en su flamboyancia, se erigieran en un acto de afirmación dentro de ese espacio restrictivo.

El proyecto nació de un proceso personal para Mojica, quien最初 no planeaba exponer su propia historia. «Definitivamente no esperaba que mi historia personal fuera parte de esto», confesó. Sin embargo, un lustro de desarrollo —cuatro años de filmación— y la escucha atenta de las voces de los participantes lo llevaron a integrar su propia experiencia, understanding que lo personal es inseparable del tejido cultural que documenta. Esta autenticidad se refleja en la naturalidad con que la cámara captura tanto los rituales colectivos como los momentos íntimos de vulnerabilidad.

Curiosamente, al centrarse en la experiencia masculina queer, los cineastas reconocen la presencia y las historias de las lesbianas en la comunidad del jaripeo, pero optaron por no integrarlas de manera forzada. «Pensé mucho en volver y adentrarme en sus historias en un proyecto separado», aclaró Zweig, en un gesto que subraya la responsabilidad de no homogeneizar las experiencias bajo una misma lente. Esta decisión refuerza la especificidad del enfoque y evita que la película se convierta en un tratado generalista.

Desde el punto de vista de la moda, Jaripeo trasciende el documental sobre un deporte para convertirse en un estudio antropológico sobre el vestuario como armadura y como máscara. La ropa tradicional, pensada para proyectar una imagen de fortaleza y heterosexualidad obligatoria, se revela en el filme como un código que, precisamente por su fuerza, puede ser citado, torcido y resignificado por quienes la visten desde una subjetividad queer. Es un recordamiento poderoso: en las culturas más aparentemente rígidas, la moda nunca es neutral, sino un terreno de negociación constante entre la norma y la disidencia.

Los espectadores de CPH:DOX han tenido la oportunidad de ver este ejercicio de détournement visual, donde los brillos de los botones de una chaqueta de charro o la curva de un sombrero pueden convertirse en puntos de fuga de un relato hegemónico. La película, en última instancia, documenta no solo un mundo, sino la plurisignificación de su estética, demostrando que incluso en el corazón de los rituales más conservadores laten narrativas alternativas, esperando a ser leídas por una cámara atenta y un espectador dispuesto a ver más allá del ganado y la arena.

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Escrito por Redacción - El Semanal

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