
Hay días o mejor dicho noches en las que el sueño parece un invitado que nunca llega y pienso que Morfeo se ha olvidado de mí. Damos vueltas, repasamos el día o caemos en la trampa de mirar el móvil «solo un momento», sin darnos cuenta de que ese gesto aparentemente inofensivo puede ser parte del problema, y por último probamos a contar ovejitas, el clásico remedio de las abuelas. La dificultad para conciliar el sueño no es rara: detrás suele haber una suma de factores cotidianos que, poco a poco, alteran nuestro descanso.
«La luz artificial, el scroll, el uso de excitantes y las digestiones pesadas son algunos de los elementos que más influyen», explica Jose Ballesta Ballesteros, Director Escuela Yogah, Orihuela Costa. Y es que el cuerpo necesita señales claras para entender que ha llegado el momento de parar, algo que no siempre ocurre en una rutina dominada por pantallas y ritmos acelerados. Dormir bien, más que un lujo, es un equilibrio delicado.
En este contexto, el yoga se presenta como una herramienta sencilla y eficaz para bajar revoluciones antes de acostarnos. «El yoga conecta la respiración con el cuerpo y centra la mente en el instante», señala Ballesta. No se trata solo de estirar o adoptar posturas complejas, sino de crear un pequeño ritual que ayude a desconectar del ruido mental y a preparar el terreno para el descanso.
Postura de padmasana en la Escuela de Yogah de Orihuela.
D.R.
De hecho, más que centrarse en el asana, el experto recomienda prestar atención al pranayama, especialmente a la respiración en cuatro tiempos: inspirar, pausar, exhalar y volver a pausar. Este patrón, repetido con calma, actúa casi como un interruptor interno. Aunque la postura ideal para practicarlo es padmasana, también puede realizarse en savasana, una opción mucho más accesible al final del día.
El tiempo de práctica es otro de los puntos clave. Aunque se pueden notar



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