La popularidad de los programas de inversión televisivos ha demostrado ser un catalizador para el crecimiento empresarial, especialmente en el sector de la belleza. Un ejemplo reciente es el de Never Have I Ever, una startup neoyorquina que ha captado la atención nacional tras su participación en el espacio de entrepreneurship, donde logró asegurar una inversión significativa que impulsará su expansión.
Esta compañía, fundada por Susana Chen y Jess Wu, dos emprendedoras de origen asiático, representa un enfoque innovador al ser la primera en su categoría en adoptar un modelo de licencia artística para sus accesorios de belleza. Este sistema garantiza que los creadores cuyas obras se utilizan reciban regalías, integrando así el mundo del arte contemporáneo en productos de consumo masivo.
Su catálogo se centra en artículos como uñas postizas de múltiples usos, tatuajes temporales y gemas dentales, posicionándose en la intersección entre el arte portátil y las tendencias de compra impulsiva fomentadas por el comercio electrónico social. La estrategia comercial se alinea con una identidad de belleza liderada por la cultura, donde el consumidor busca expresar su individualidad a través de objetos que trascienden su función estética.
Según datos de la empresa, el rendimiento comercial ha sido notable: durante el año 2025 se vendieron más de 120.000 unidades, con un promedio de 2.000 semanales. Esto se traduce en un crecimiento interanual del 300% y una cifra de ventas 4,7 veces superior a la del período anterior. Actualmente, sus productos están disponibles en más de 2.000 establecimientos a nivel nacional, con precios que oscilan entre 18 y 22 dólares por juego de 24 uñas.
Las colaboraciones han sido fundamentales para construir su identidad. La marca ha desarrollado colecciones inspiradas en iconos culturales como el Museo Metropolitano de Arte (The Met), Miffy y Peanuts, y ha trabajado con artistas emergentes como Lorien Stern, TayBeepBoop y Jade Roland. Su distribución incluye retailers especializados como Urban Outfitters, Revolve, Anthropologie, PacSun, Zumiez y Nordstrom, así como instituciones culturales de prestigio entre las que se cuentan el MoMA y el propio Met Museum.
En el plano financiero, la aparición en el programa de televisión resultó en un acuerdo con el inversor canadiense Kevin O’Leary. El trato consistió en una inyección de capital de 150.000 dólares a cambio de un 10% del capital social de la compañía, adicional a una regalía de lealtad de 50 centavos por unidad vendida, con un tope máximo de 450.000 dólares. Esta inyección de fondos está destinada a escalar operaciones y ampliar su cartera de licencias.
Las fundadoras enmarcan su misión en un contexto social posterior a la pandemia, donde la conexión humana, la creatividad y el sentido de comunidad adquirieron nueva relevancia. «Never Have I Ever nació de un momento en que el mundo se ralentizó y nos recordó la importancia de la conexión, la creatividad y la comunidad. Como marca fundada y propiedad de mujeres, nos propusimos construir algo que empoderara a las personas para salir de su zona de confort y expresarse con audacia», explicaron en un comunicado.
Su filosofía empresarial se sustenta en tres pilares: la autoexpresión a través del arte usable, el descubrimiento guiado por referentes culturales y la experimentación asequible. «Nuestros accesorios son invitaciones a salir de tu zona de confort. Al asociarnos con íconos culturales como The Met, Miffy y Peanuts, demostramos que la belleza puede ser tanto un ritual personal como una declaración de pop-cultura», afirmó Chen sobre la estrategia de colaboraciones.
El modelo de negocio, que combina licencias de arte, una cadena de suministro optimizada para la producción rápida y una distribución omnicanal, parece haber encontrado resonancia en un mercado ávido de novedades. La regalía para artistas no solo es un diferenciador ético, sino que también genera un ecosistema de contenido orgánico, ya que los creadores promueven las obras que aparecen en los productos.
Para el lector interesado en tendencias de consumo, este caso ilustra cómo las marcas de belleza están evolucionando hacia experiencias culturales más amplias. Never Have I Ever no vende solo uñas o tatuajes; comercializa una belonging a comunidades artísticas y una herramienta para la experimentación personal sin compromiso económico elevado. Su éxito en puntos de venta tan dispares como museos y cadenas de moda juvenil sugiere una comprensión profunda de los nuevos hábitos de compra, donde la frontera entre producto de belleza, accesorio de moda y objeto de coleccionista se difumina.
El acuerdo en la televisión nacional actúa como un sello de validación que probablemente acreciente el interés de minoristas y consumidores. Con la inversión conseguida, la empresa tiene la oportunidad de refinar su cadena de suministro, explorar nuevas licencias con artistas globales y quizás incursionar en mercados internacionales, incluido el europeo, donde el concepto de «arte portátil» comienza a ganar tracción entre las audiencias más jóvenes.
En resumen, Never Have I Ever simboliza una tendencia creciente: la democratización del arte a través de productos de belleza accesibles. Su trayectoria, desde las primeras colaboraciones con artistas independientes hasta su consolidación en retail de lujo y su salto a la televisión, ofrece una lección sobre cómo fusionar narrativa cultural, modelo de negocio sostenible y marketing digital para capturar la atención de una generación que valora la autenticidad y la expresión personal por encima de todo.



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