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Tu novio no entrará en mi casa

Cuando la acaudalada beata Dorita Lerner cumplió ochenta años, decidió vender sus acciones en compañías mineras de su familia y repartir la mitad de su fortuna entre sus seis hijos varones, todos los cuales esperaban con impaciencia que por fin les lloviera el dinero de … su madre.
Militante de una cofradía religiosa, devota en cuerpo y alma de las ficciones sagradas, asidua visitante del Vaticano, amiga de obispos y cardenales, Dorita Lerner había enviudado años atrás y no dudaba en afirmar que esos últimos años, liberada del pesado lastre que su esposo suponía para ella, habían sido los más felices de su existencia. Muerto su marido, Dorita vio cómo los precios del oro, la plata y el cobre se disparaban hasta niveles históricos, lo que le permitió acrecentar su fortuna, pues las acciones que poseía en las mineras de su familia escalaron hasta registros extraordinarios. Dios me está premiando por haber sido una buena esposa, pensaba.

La verdad es que Dorita Lerner había perdido todo interés en sentarse en los directorios de las mineras de su familia. Se aburría, se quedaba dormida, votaba según cómo votasen sus hermanas Julia y Úrsula, quienes se burlaban de ella por santurrona. A Dorita no le interesaba el mundo de las acciones, los bonos, las monedas, las inversiones. Lo suyo era la geografía invisible de las almas, el paisaje de los espíritus: preservar limpia su alma, y vigilar que las almas de sus hijos no se manchasen a menudo, y salvar las almas de los desposeídos y desheredados, los que acudían a ella en busca de un consuelo, una palabra cálida, una donación, una dádiva.
Como el vasto territorio de la religión católica era su patria grande, y los confines de su cofradía conservadora, su patria chica, Dorita se llevaba bien con cinco de sus hijos, todos ellos religiosos, casados por la iglesia, sus hijos bautizados y educados en el hábito de rezar, todos de oír misa los domingos y comulgar contritos, pero no acababa de entenderse con el mayor, Jimmy Barclays, escritor itinerante que había publicado novelas de dudoso éxito, ganaba poco dinero con sus libros, le pedía donaciones encubiertas para pagar las tarjetas de crédito y, en las raras ocasiones en que concedía una entrevista, se declaraba agnóstico.
A Dorita le disgustaba que Jimmy fuese escritor y se proclamase agnóstico. Había leído con desasosiego los libros de su hijo y le parecían viciosos, pecaminosos, libros que un hombre de bien no debería escribir y menos publicar. Había educado a

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Escrito por Redacción - El Semanal

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