El Semanal – Sección de Moda
La película Wolfram, del australiano Warwick Thornton, ha irrumpido en la competición oficial del Festival de Berlín con una propuesta que, más allá de su violento relato de supervivencia, ofrece una lección de estética visual directamente trasladable a las tendencias contemporáneas. Su narrativa, ambientada en los territorios del norte de Australia, no solo explora el conflicto histórico entre colonos y pueblos originarios, sino que teje una paleta cromática y una espacialidad que ya están captando la atención de diseñadores y estilistas globales.
Thornton, quien se desempeña también como director de fotografía, despliega una sensibility paisajística pocas veces vista. Los extensiones desérticas de Central Australia y las rocas escarpadas de las cordilleras MacDonnell no son solo un escenario, sino un personaje activo. La gama de rojos oxidados, naranjas abrasadores, dorados terrosos y marrones quemados que domina la fotografía no solo define el ambiente opresivo y bello de la historia, sino que establece una references clara para las próximas temporadas de moda. Esa paleta, extraída directamente de la tierra y el sol del outback, promueve un retorno a los colores tierra y los tonos cálidos, una tendencia en alza que prioriza la conexión con lo natural y lo atemporal. El uso casi exclusivo de la luz diurna y la composición que patientemente enmarca a los personajes contra vastos horizontes sugiere una moda de siluetas amplias, tejidos naturales y una sobriedad práctica, muy en línea con el creciente interés por el minimalismo utilitario y la moda sostenible.
En el corazón de la trama se encuentra Pansy, interpretada con una contención electrizante por Deborah Mailman. Su viaje, visto al inicio cortando mechones de su cabello con un cuchillo oxidado y ensartando semillas en las trenzas para marcar el camino, es un relato de resistencia materna. Su vestuario, rudimentario y funcional —telas ásperas, abrigos desgastados— refleja una realidad de precariedad que contrasta con la fuerza simbólica de sus actos. Esta dicotomía entre lo deshecho y lo significativo es un motor potente para diseñadores que exploran la belleza en la imperfección y la historia en las(textiles) gastados. Mientras tanto, la subtrama que involucra a los niños indígenas Max y Kid, trabajando en una mina de wolfram (volframio), introduce una textura visual de grises metálicos y polvo mineral que dialoga con las colecciones que incorporan acabados industriales y raw, lejos de los excesos decorativos.
La película funciona como una secuela espiritual de Sweet Country (2017), también de Thornton, compartiendo un mapa ancestral ficticio en el Territorio del Norte. Personajes como Philomac, el joven mestizo de raíces indígenas interpretado por Pedrea Jackson —con su bigote notable y su mirada que acumula indignación—, y el violento Kennedy (Thomas M. Wright), representan la herencia de aquella historia. Su presencia subraya la continuidad de un trauma histórico que, en términos de moda, se traduce en un interés renovado por las artesanías y símbolos de las Primeras Naciones. Aunque la película no se explaya en descripciones de vestuario detalladas, la presencia de personajes como Archie, un ladrón aborigen, o los prospectores chinos Shi y Jimmi, introduce una lecture de multiculturalidad en el vestir de la época colonial. Esa mezcla de influencias —indígena, china, europea— en un seul espacio es un field fértil para la moda actual, que cada vez más adopta un enfoque global y de apropiación respetuosa, alejada del pastiche.
El guión, co-escrito por Steven McGregor y David Tranter, se basa en historias orales transmitidas por el bisabuelo de Tranter, cuyas propias raíces son indígenas y chinas. Esta base en la memoria colectiva infunde a la historia una autenticidad que se percibe en los gestos y las dinámicas, y que podría traducirse en moda como un llamado a la slow fashion y a las piezas con narrativa. Cada prenda, en este contexto, carries una carga de identidad y resistencia. La trama, que sigue a los criminales Casey (Erroll Shand) y Frank (Joe Bird) y su encontronazo con los niños, gira hacia un thriller de persecución donde la violencia desatada contrasta con la dignidad recuperada en imágenes de fuerza redentora. Esa tensión entre brutalidad y esperanza resonates en tendencias que buscan equilibrar el dark aesthetic con elementos de optimismo, como el uso de accesorios rituales o colores vibrantes en medio de estilos austeros.
Desde el punto de vista técnico, la ausencia de una banda sonora original y el uso distintivo del sonido de una sierra interpretada por Charlie Barker crean una atmósfera tensa y etérea que complementa la imagen. Para la moda, esto sugiere una tendencia hacia la soundscape como parte de la experiencia de estilo —piénsese en el auge del ASMR o los sonidos orgánicos en desfiles—, donde el ruido del entorno se convierte en banda sonora de una colección basada en la naturaleza.
La crítica ha señalado que, pese a algunos desequilibrios narrativos —la historia a veces parece difusa en sus múltiples hilos—, el film mantiene un corazón integro gracias a las actuaciones cohesivas. Mailman, con su presencia serena, se erige como un icono de resiliencia femenina; Jackson, con su interpretación contemplativa, simboliza la búsqueda de pertenencia; y Shand dota a su villano de una vileza fría que escapa a los arquetipos. Esa profundidad character-driven es esencial para cualquier diseñador que pretenda crear personajes a través de la ropa, donde cada outfit cuente una historia de conflicto y identidad.
Wolfram no ha superado aún la simplicidad poética de la ópera prima de Thornton, Samson & Delilah, pero se afirma como una pieza sólida en su filmografía, especialmente tras el irregular The New Boy. Su valor para el público de moda reside en la forma en que la cinematografía se convierte en un catálogo visual de influencias: desde los tonos tostados del desierto hasta la rudeza de las telas sin teñir, pasando por la simbología de los objetos personales (como las semillas en el cabello de Pansy). Son detalles que los creadores de tendencias ya están escudriñando, buscando en este film una fuente de inspiración para colecciones que hablen de arraigo, resistencia y belleza áspera. En un mundo de moda obsesionado con lo nuevo, Wolfram propone, desde la pantalla, un lenguaje visual antiguo y poderoso, donde el estilo es, sobre todo, un acto de supervivencia y memoria.
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