La Conferencia de Bandung, en 1955, suele evocar imágenes de líderes anticoloniales reunidos en Indonesia. Pero su legado, lejos de ser un mero capítulo histórico, resuena hoy con inesperada fuerza en un ámbito insospechado: el de la moda global. Analistas de geopol económica señalan que el movimiento que alumbró aquel encuentro —la búsqueda de autonomía y la colaboración Sur-Sur— anticipó las dinámicas que ahora remodelan la industria textil y las pasarelas, desafiando décadas de hegemonía estética occidental.
El llamado “Espíritu de Bandung” giraba en torno a principios de no alineamiento, igualdad soberana y una solidaridad forjada en la resistencia al imperialismo. Hoy, esos mismos principios inspiran a una nueva generación de creadores y casas de moda en África, Asia y Latinoamérica. Lejos de buscar la validación en París, Milán o Nueva York, están redefiniendo la excelencia desde sus propios contextos, utilizando materiales autóctonos, técnicas ancestrales y narrativas que hablan de identidad sin concesiones. Este fenómeno va más allá de la tendencia “local”; es un acto de soberanía cultural que busca romper cadenas de dependencia, no solo estéticas sino también económicas.
Sin embargo, el camino no está exento de paradojas, algunas de las cuales ya se esbozaban en la propia experiencia postcolonial. La “paradoja espacio-tiempo”help a explicar por qué algunas economías asiáticas industrializadas lograron una transformación material profunda sin una occidentalización cultural equivalente, mientras que en otros contextos se observa una influencia cultural occidental sin un desarrollo económico paralelo. En moda, esto se traduce en un debate constante: ¿cemos adoptar códigos globales sin perder el alma de nuestra artesanía? El éxito de marcas como Duro Olowu (Nigeria/Reino Unido) o Han Chong (Corea) muestra que es posible dialogar con el mundo desde una base cultural fuerte, algo que las potencias industriales asiológicas ya demostraron en su momento.
La solidaridad que impulsó Bandung era compleja: solapaba la lucha contra el prejuicio racial (“solidaridad pigmentaria”), la reacción contra el colonialismo cultural (“solidaridad cultural”) y la búsqueda de un camino propio en la Guerra Fría (“solidaridad de no alineamiento”). Hoy, esa red de conexiones se teje en ferias como Africa Fashion International en Johannesburgo o Hyères en Francia, donde creadores del Sur Global establecen alianzas directas, saltándose intermediarios tradicionales. Se está gestando, en la práctica, una “cooperación Sur-Sur” en moda, con inversiones cruzadas, formaciones compartidas y una defensa colectiva de la propiedad intelectual de sus diseños.
Pero el verdadero cambio estructural exige ir más allá de la protesta o la alternativa nicho. El Movimiento No Alineado fue, en esencia, un proyecto moral que rechazaba la dominación en todas sus formas. La moda sostenible y ética, cuando realmente SCR, podría ser su heredera conceptual. Sin embargo, la sombra del neocolonialismo es alargada. La dependencia de supply chains globales, la concentración de capital en unos pocos grupos de lujo occidentales y la apropiación cultural sin compensación son formas modernas de subordinación. La “autonomía” bandunguista hoy equivale a controlar la cadena de valor, desde la fibra hasta la venta al por menor.
Este es el núcleo del debate actual: ¿es el bloque BRICS+ el nuevo Bandung en el ámbito de la moda? Hay similitudes obvias. Ambos surgieron del descontento con un orden existente y aspiran a un mayor peso collectivo. Pero las diferencias son abismales. Bandung tenía una “coherencia normativa” clara: antimperialismo y no alineamiento. BRICS+, en cambio, es una coalición de intereses diversos, casi antagónicos, en materia de gobernanza o derechos humanos. En moda, esto se refleja en las tensiones entre las ambiciones de China como manufacturero global y la promoción de la autenticidad artesanal en África, o en los conflictos por la propiedad de ciertos motivos textiles entre India y Pakistán.
La lección más profunda es que, en un mundo multipolar, la estrategia no es alinearse ciegamente con un nuevo polo (sea China, India o el mundo árabe), sino adoptar un “no alineamiento estratégico”. Para un diseñador de Senegal o un textilero de Perú, eso significa diversificar mercados, socios financieros y fuentes de inspiración, preservando siempre el espacio de decisión propio. Es, en esencia, aplicar la máxima mazruiana de buscar “poder de productor, poder de consumidor y poder de deudor” para negociar desde una posición de fuerza.
En las calles de Lagos, Yakarta o Ciudad de México ya se ve esta新一代 de moda Se trata de un lenguaje visual que no pide permiso, que inventa su propio canon. No es una respuesta reactiva a Occidente, sino una afirmación positiva de que hay múltiples centros de creadividad. Bandung no nos da una solución, pero su espíritu perdurable —la convicción de que el poder también es la capacidad de elegir y revisar esas elecciones sin perder autonomía— es ahora el Manual de Instrucciones no escrito para quien quiera vestir, y también gobernar, el futuro. La moda, en este sentido, se ha convertido en el terreno más visible de una disputa geopolítica por el significado mismo de lo moderno y lo deseable.



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