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Lorde califica gafas Ray‑Ban Meta AI de poco atractivo y cuestiona su diseño

En plena madrugada del Real Cool Festival, la aparición de Lorde sobre el escenario de Madrid dio pie a una de las críticas más crudas que hasta ahora ha escuchado la industria de la Tecnología vestible. Tras agradecer al público y describir la velada como “algo real”, la cantante lanzó una advertencia que resonó entre los asistentes y se propagó rápidamente en redes: “No sabes si alguien lleva gafas de sol o esas jodidas… para que conste, a la mierda esas gafas. No las compres. No son sexys”.

El comentario no especificó marcas, pero el contexto señala a las gafas inteligentes Ray‑Ban Meta, fruto de la colaboración entre la icónica casa de moda y el gigante de la realidad aumentada. El evento, patrocinado por Ray‑Ban, había integrado en su programación varios momentos promocionales, entre ellos la presencia de Jenn Jennie, integrante del grupo Blackpink y embajadora oficial de la línea Ray‑Ban Meta AI. Jennie apareció en una secuencia audiovisual entre los sets, reforzando la visibilidad del producto ante un público joven y altamente conectado.

La reacción de Lorde se produce en un momento delicado para Meta, que continúa bajo la lupa por la privacidad y el uso de datos que implican sus dispositivos “super sensing”. Según informes especializados, la compañía mantiene planes para lanzar una versión que registra de forma continua el entorno del usuario, una característica que ha suscitado dudas sobre la vigilancia constante y los límites éticos de los wearables. El énfasis de la artista en la imposibilidad de distinguir entre una simple pieza de moda y un sensor activo aporta una voz cultural a un debate que, hasta ahora, ha sido dominado mayormente por expertos en ciberseguridad y reguladores.

Más allá de la polémica, la controversia subraya una tendencia clara: la convergencia entre moda y funcionalidad tecnológica ya no se percibe como un lujo opcional, sino como un elemento que afecta la percepción de la autenticidad en experiencias públicas. Cuando el público comienza a cuestionar si una persona lleva puestas gafas tradicionales o un dispositivo capaz de capturar audio, video y datos biométricos, la línea que delimita lo “real” se difumina. Esta cuestión adquiere una dimensión práctica en festivales, conciertos y eventos masivos, donde la grabación omnipresente y el reconocimiento facial pueden influir tanto en la seguridad como en la privacidad individual.

El hecho de que la crítica haya surgido en una plataforma tan visible como el Real Cool, con millones de visualizaciones en tiempo real, implica una presión adicional sobre los patrocinadores y fabricantes. Ray‑Ban, empresa con más de un siglo de historia en la óptica, se enfrenta ahora a la tarea de reconciliar su legado de estilo con un futuro donde los componentes electrónicos pueden ser tan invasivos como atractivos. La respuesta de la compañía todavía no se ha oficializado, pero la atención mediática sugiere que cualquier movimiento en contra de la promoción directa de las gafas AI tendrá que incorporarse a una estrategia de comunicación que reconozca tanto los temores como los intereses de los consumidores.

En el plano industrial, la situación también plantea preguntas sobre cómo los desarrolladores de software y hardware manejan las expectativas de los usuarios. Los dispositivos de visión aumentada prometen capas de información que superan la simple visualización: detección de objetos, traducción en tiempo real, interacción con contenido digital sin tocar la pantalla. No obstante, la integración de estos servicios depende de un modelo de datos que necesita ser transparentemente gestionado para evitar abusos. La presión de figuras públicas como Lorde podría, en última instancia, acelerar la adopción de normas más estrictas y la implementación de mecanismos de consentimiento explícito.

Mientras tanto, la industria sigue adelante. Los rumores de una nueva generación de gafas con capacidades de grabación ininterrumpida continúan circulando, y los laboratorios de desarrollo afirman que el hardware ya está listo para la producción masiva. Lo que queda claro es que el intercambio entre la cultura pop y la Tecnología se ha convertido en un barómetro de la aceptación social de estos dispositivos. Cuando una artista de la talla de Lorde descalifica una pieza de tecnología como “no sexy”, el mensaje trasciende la estética y se adentra en la percepción de valor y riesgo que el público asigna a la innovación.

El futuro de los wearables, por tanto, no dependerá sólo de los avances técnicos, sino también de la capacidad de las marcas para escuchar y responder a la inquietud que, como hoy, se manifiesta desde los escenarios más inesperados.

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Escrito por Redacción - El Semanal

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