Prada ha irrumpido en la escena de la moda con un movimiento inesperado: el lanzamiento de una segunda fase para su campaña primavera/verano 2026, apenas meses después de presentar su primera parte. Esta estrategia, poco convencional en el节奏 de la alta costura, subraya el afán de la casa italiana por mantener un diálogo constante con su audiencia en un entorno saturado de estímulos visuales.
El eje central de esta nueva entrega es la colaboración con el artista estadounidense Jordan Wolfson, figura prominente en el arte contemporáneo por su exploración de medios emergentes como la animatrónica, la robótica, la realidad virtual y la animación digital. Su obra, a menudo de tono pop y distópico, introduce un elemento narrativo complejo que trasciende la mera exhibición de prendas.
Repitiendo el elenco de la primera fase, las imágenes capturadas por el fotógrafo Oliver Hadlee Pearch presentan a actores como Levon Hawke, Damson Idris y Hunter Schafer, junto a Nicholas Hoult, Carey Mulligan, el músico John Glacier y la modelo Liu Wen. En esta ocasión, no están solos: interactúan con criaturas de tamaño real, de aspecto aviar, que Prada describe como «innombrables, irreales y oníricas, definidas por un complejo procesamiento de imágenes». Estas figuras, que podrían evocar referencias de la cultura popular como la franquicia de videojuegos «Angry Birds», se entrelazan con los retratos de los talentos, generando una tensión entre lo humano y lo artificial.
El impacto visual se complementa con un video donde los protagonistas recitan el mantra «Yo, yo, yo, yo soy…», dejando la frase deliberadamente incompleta. Este recurso invita a la reflexión sobre la construcción de la identidad, un tema que resuena en el discurso de la marca. En un comunicado, Prada sostiene que «la intervención de Wolfson en la campaña primavera 2026 abre posibilidades incesantes, multiplicidades de identidad y ser, de lo que Prada puede ser y cómo puede ser percibida —y reinterpretada— a través de las convenciones de una campaña publicitaria constantemente cuestionadas».
Esta segunda actúa se contrapone a la primera, revelada en enero y titulada «Imagen de una imagen», que contó con la artista Anne Collier. Aquel enfoque era una conversación meta sobre el propio medio publicitario: composiciones still-life con manos sosteniendo fotografías de la colección sobre un vibrante fondo naranja. El contraste entre el minimalismo conceptual de Collier y la fantasía digital de Wolfson evidencia la versatilidad de Prada para reinterpretar su mensaje a través de voces artísticas radicalmente distintas.
La doble campaña no es solo un ejercicio estilístico; es una declaración de intenciones. En un mercado donde el consumo de moda se debate entre la inmediatez digital y la búsqueda de significado, Prada posiciona la incertidumbre y la pluralidad como valores centrales. Las imágenes, lejos de ofrecer una narrativa cerrada, proponen un space ambiguo donde el espectador debe completar las historias, participando activamente en la definición de la marca. Este enfoque refuerza el prestigio de Prada no por lo que vende, sino por las preguntas que plantea, consolidando su papel como un laboratorio de ideas dentro del sector del lujo.


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